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lunes, 3 de febrero de 2020

Yarrabubba


Bienvenidos un día más a mis entradas, en las que intento que todos aprendamos un poco más sobre los procesos geológicos que han originado nuestro planeta actual.
Hoy os quiero contar algo que es bastante interesante, veréis...

Hace 2.229 millones de años,  la Tierra estaba cubierta de hielo y parecía una densa masa gigante  de nieve. Fue en ese momento cuando un asteroide atravesó la capa de hielo, de entre 2 y 5 km de grosor, en lo que hoy conocemos como Australia.

Como consecuencia de ese choque, grandes nubes de polvo oscurecieron la atmósfera y se vaporizó entre 5 y 87 billones de kilos de agua, lo que provocó un efecto invernadero que acabó con la glaciación.
Localización del impacto

Esto fue descrito por uno grupo de investigadores liderados por Timmons M. Erickson, investigador de la NASA.

Este asteroide de más de 70 km de diámetro, llamado Yarrabubba, impactó en Australia Occidental y se considera uno de los más antiguas del planeta, aunque no ha sido hasta nuestros días ( año 2020) cuando se ha precisado su edad.

Por tanto, la composición y cantidad de distintos materiales radiactivos en las rocas que se formaron en el momento de la colisión ha convertido el cráter ocasionado, en el más antiguo conocido actualmente.

Sin embargo, esto no significa que antes no impactasen otros asteroides, porque el cráter de Kaapvaal, en Sudáfrica, es uno de los más importantes, ya que se puede ver la corteza terrestre  de hace 2.500 y 3.600 millones de años.
Según los estudios publicados en la revista NATURE


 Los investigadores se plantean si los cráteres más antiguos han desaparecido o si solo hay que prestar más atención para poder verlos.


Yarrabubba tiene la mitad de la edad de la Tierra y nos deja la pregunta de si todos los cráteres más antiguos se han erosionado o están por ahí esperando a ser descubiertos”, afirma Aaron Cavosie, investigador de la Universidad Curtin y coautor del estudio.

La búsqueda de estos cráteres es muy importante para ver cómo ha evolucionado la Tierra desde hace millones de años hasta la actualidad.
Añadir también que la Tierra ya contaba con miles de años de vida cuando ocurrió el impacto de Yarrabubba, pero era justo en ese momento cuando los organismos fotosintéticos estaban formándose ( seres que usaban la energía del sol para realizar sus funciones vitales).
Mapa del cráter Yarrabubba


Pero, a pesar de esto, cuando sale a la luz un tipo de noticia así, los científicos muestran cierta duda acerca de que cómo fue posible que un meteorito de solo (¿SOLO?)  70 km de diámetro provocase tal cambio climático.

Erickson reconoce que no conocen con exactitud “las condiciones climáticas exactas en la época del impacto de Yarrabubba, aunque hay pruebas de que entonces había glaciares”.
“Si el clima estaba en un estado de bola de nieve, un impacto del tamaño de Yarrabubba pudo no ser suficiente para inclinarlo hacia un clima más cálido. Sin embargo, si estaba en una etapa de transición de frío a cálido, Yarrabubba pudo haber acelerado esa transición. La cuestión que se debe probar ahora es cuánto tiempo puede permanecer en una atmósfera fría el vapor de agua y si ese tiempo es suficiente para calentar el clima”, explica el investigador de la NASA.

Por último decir, que esta noticia es muy reciente y que tanto la NASA como otros muchos grupos de investigadores están en proceso de saber más acerca de este hito.

Y para finalizar, decir que me parece increíble que solo una masa de roca sea capaz de provocar tantos daños y que tenga tantas consecuencias actualmente.

Y... eso es todo por el post de hoy! seguimos informando👋🏼❤️


  REFERENCIAS:
·       Erickson, T.M., Kirkland, C.L., Timms, N.E. et al. Precise radiometric age establishes Yarrabubba, Western Australia, as Earth’s oldest recognised meteorite impact structure. Nat Commun 11, 300 (2020). https://doi.org/10.1038/s41467-019-13985-7

WEBGRAFÍA:







jueves, 5 de junio de 2014

Extinciones: el trauma de los ecosistemas... ¿o quizá no tanto?


Introducción

Pocas palabras hay en nuestro idioma que evoquen con tal facilidad el desastre y la calamidad como “extinción”. Al oírla, lo más frecuente es que la mente se nos vaya a un paisaje desolado, quizá por la caída de algún meteorito o con un volcán escupiendo nubes ardientes, lava y piroclastos en el fondo, un escenario terrible decorado con bosques carbonizados y cadáveres de animales en el suelo. Sangre, muerte y destrucción, vamos.

Una cosa tal que así.

¿No?

Pues a lo mejor no. La palabra “extinción” alude simplemente a la pérdida de taxones que desaparecen en un intervalo de tiempo determinado, no al impacto de esta pérdida en el ecosistema. El objetivo del artículo del que vamos a tratar en esta entrada es comparar el efecto que tuvieron los eventos conocidos como extinciones en el porcentaje de taxones con el impacto que causaron en las relaciones paleoecológicas, ya que numerosos estudios anteriores (Plotnick and McKinney 1993; Roy 1996; Droser et al. 1997, 2000; McGhee et al. 2004) sugieren que la desaparición de taxones y los cambios ecológicos no siempre van relacionados.


Metodología de trabajo

En el artículo se consideran tres extinciones:

-La de finales del Ordovícico o M4/M5, limitada al este de Estados Unidos y causada probablemente por levantamientos regionales y un enfriamiento del agua (Holland and Patzkwosky, 1996, 1997), afectó a braquiópodos principalmente pero también a corales, algas, trilobites, briozoos y gasterópodos.

-La extinción masiva del Ordovícico-Silúrico, que se suele repartir en dos pulsos, uno relacionado con el descenso del nivel de los océanos por un enfriamiento global y otro por la subida de éstos y episodios de anoxia asociados (Johnson 1974; Brenchley et al. 2003), los más afectados fueron corales rugosos y tabulados, braquiópodos y crinoideos.

-La extinción masiva de finales del Devónico, asociada regionalmente a la subida eustática del nivel del mar y a la orogenia acadiana, que cambiaron el aporte de sedimentos de carbonatos a arenas negras, dando lugar a anoxias y aumentos en la presión ambiental sobre la fauna endémica (Baird and Brett 2008; Zambito et al. 2012a) y afectando a braquiópodos, corales y esponjas.

Estos tres eventos se han estudiado en base a datos regionales de fósiles de organismos marinos bentónicos y arrecifales de Norteamérica, concretamente del este de los Estados Unidos. Para ello, se han realizado los mismos análisis sobre distintas unidades, de forma que por un lado se miden los cambios taxonómicos a partir de los géneros, y por otro los ecológicos a partir de los modos de vida. La hipótesis nula de la que se parte es que los cambios taxonómicos y ecológicos están relacionados.


Mapa de las zonas de trabajo

El recuento taxonómico para la M4/M5 se obtuvo a partir de Layou (2009). Para el Devónico tardío hizo falta recoger muestras directamente del terreno en la formación Java y el grupo Canadaway, al oeste de Nueva York. En cuanto a los datos del Ordovícico y el Silúrico, proceden de Patzkwosky y Holland (2007) y Zaffos y Holland (2012), respectivamente. Los géneros se asignan después a grupos funcionales mediante el marco establecido por Bush et al. (2007), un espacio ecológico tridimensional definido según niveles, estrategias alimenticias y movilidad, y así se construye la base de datos de modos de vida.

Resultados

Tras comparar la abundancia relativa de los taxones y modos de vida antes y después de la extinción en cada uno de los tres eventos estudiados, se obtienen los siguientes resultados:

-M4/M5: pérdida moderada de géneros y diversidad ecológica apenas afectada.

-Devónico: pérdida bastante considerable de taxones y de grupos ecológicos (alrededor de la mitad en ambos casos) en el primer pulso de extinción, mientras que el segundo apenas afectó a la diversidad ecológica.

-Ordovícico/Silúrico: desaparecen casi todos los taxones del Ordovícico pero los modos de vida se mantienen prácticamente constantes, salvo por unos pocos que sí se extinguen.

Queda demostrado, por tanto, que la pérdida de taxones no siempre altera el funcionamiento del ecosistema.
Conclusión

Las extinciones no son el desastre que se suele tener en mente, o al menos no son una tragedia tan grande. Causan la desaparición de taxones que han tardado millones de años en alcanzar el estado en el que los conocemos, sí, pero pese a ello, las relaciones entre los distintos nichos ecológicos no tienen por qué verse afectadas. Parece que la vida siempre encuentra la forma de abrirse camino, rellenando los huecos dejados en el ecosistema con nuevas especies que reemplacen a las que desaparecen, de forma que, al final, el sistema sigue funcionando.

En el futuro, si queremos establecer cuán grande es una extinción, debemos tener en cuenta no sólo los taxones que desaparecen, sino también los modos de vida que dejan de ser viables por su causa y el impacto que esto tiene en el ecosistema al completo.
Referencias

-Baird G. C., and Brett C. E. 2008. Late Givetian Taghanic bioevents in New York State: new discoveries and questions . Bulletin of Geosciences 83: 357 – 375.

-Brenchley P. J., Carden G. A., Hints L., Kaljo D., Marshall J. D., Martma T., Meidla T., and Nõlvak J. 2003. High-resolution stable isotope stratigraphy of Upper Ordovician sequences: constraints on the timing of bioevents and environmental changes associated with mass extinction and glaciation. Geological Society of America Bulletin 115: 89 – 104.

-Bush A. M., Bambach R. K., and Daley G. M. 2007. Changes in theoretical ecospace utilization in marine fossil assemblages between the mid-Paleozoic and late Cenozoic. Paleobiology 33: 76 – 97.

-Christie M., Holland S. M. and Bush A. M. 2013. Contrasting the ecological and taxonomic consequences of extinction. Paleobiology 39: 538-559.
-Droser M. L., Bottjer D. J., and Sheehan P. M. 1997. Evaluating the ecological architecture of major events in the Phanerozoic history of marine invertebrate life. Geology 25: 167 – 170.

-Holland S. M., and Patzkowsky M. E. 1996. Sequence stratigraphy and long-term paleoceanographic change in the Middle and Upper Ordovician of the eastern United States. In Witzke B. J., Ludvigson G. A., and Day J. E. eds. Paleozoic sequence stratigraphy: views from the North American Craton. Geological Society of America Special Paper 306: 117 – 129.

-Holland S. M., and Patzkowsky M. E. 1997 . Distal orogenic effects on peripheral bulge sedimentation: Middle and Upper Ordovician of the Nashville Dome . Journal of Sedimentary Research 67: 250 – 263.

-Johnson J. G. 1974. Extinction of perched faunas . Geology 2: 479 – 482.

-Layou K. M. 2009. Ecological restructuring after extinction: the Late Ordovician (Mohawkian) of the eastern United States. Palaios 24: 118 – 130.

-McGhee G. R., Sheehan P. M., Bottjer D. J., and Droser M. L. 2004. Ecological ranking of Phanerozoic biodiversity crises: ecological and taxonomic severities are decoupled. Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology 211: 289 – 297.

-Patzkowsky M. E., and Holland S. M. 2007. Diversity partitioning of a Late Ordovician marine biotic invasion: controls on diversity in regional ecosystems. Paleobiology 33: 295 – 309.

-Plotnick R. E., and McKinney M. L. 1993 . Ecosystem organization and extinction dynamics. Palaios 8: 202 – 212.

-Roy K. 1996. The roles of mass extinction and biotic interaction in large-scale replacements: a reexamination using the fossil record of stromboidean gastropods. Paleobiology 22: 436 – 452.

-Zaffos A., and Holland S. M. 2012. Abundance and extinction in Ordovician–Silurian brachiopods, Cincinnati Arch, Ohio and Kentucky. Paleobiology 38: 278 – 291.

-Zambito J. J. IV, Brett C. E., and Baird G. C. 2012 a. The late Middle Devonian (Givetian) global Taghanic biocrisis in its type area (Northern Appalachian Basin): geologically rapid faunal transitions driven by global and local environmental changes. Pp. 677 – 703 (Chapter 22) in Talent J. A. ed. Earth and life: global biodiversity, extinction intervals and biogeographic perturbations through time. Springer Netherlands, Dordrecht.